II Tercio "Gran Capitán"

Historia del II Tercio

Escudo

Campo fajado de oro y gules en siete órdenes. En el abismo del escudo escusón de azur con tres flores de lis bien ordenadas. Timbrado de corona ducal. Acolada la cruz de Borgoña. En su exterior, en la punta, yugo y flechas en su color.

Las fajas representan al Gran Capitán. La corona ducal recoge la dignidad de Don Gonzalo como Duque de Terranova, de Santángelo y de Sessa. El yugo y las flechas simbolizan la unidad de la Corona de España y el comienzo glorioso de los Tercios de españoles.

Guión

  • El Pendón es cuadrado.
  • Ancho y alto del guión: 1000 milímetros.
  • Ancho del fleco en oro: 22 milímetros.
  • Altura de los escudos: 500 milímetros.
  • Separación de los extremos de los escudos a los bordes superior e inferior: 250 milímetros.
  • Colores en ambas caras: Azul celeste como la bandera de los Reales Tercios, en raso.
  • Escudos: En sus esmaltes.
  • En la cara donde figure el escudo de los RR. TT. se leerá en oro, bordeando la punta: REALES TERCIOS DE ESPAÑA.
  • En la otra donde figure el escudo del II Tercio, igualmente en oro y bordeando la punta: II TERCIO GRAN CAPITÁN.

Jurisdiscción

Capital de la Sede del Tercio: Sevilla.

Provincias bajo el Mando del Tercio: Córdoba, Cádiz, Huelva, Badajoz y Ceuta.

Historia de don Gonzalo Fernández de Córdoba (El Grán Capitán)

  • Gran Capitán. Gonzalo Fernández de Córdoba
  • España
  • Montilla 1453 - Granada 1515
  • Gran Capitán. Militar. Capitán

Gonzalo Fernández de Córdoba y Herrera, el Gran Capitán, nació en Montilla en 1453 y murió en Loja en 1515. Fue el segundo hijo de Pedro Fernández de Córdoba y Aguilar y Elvira de Herrera. Desde joven se distinguió por su vocación militar, lo que le hizo seguir el camino de las armas, actividad en la que saboreó las mieles del triunfo. Luchó contra los portugueses en 1479. Sobresalió en la conquista de Tájera por su ingenio en el asalto.

Estatua de Gonzalo Fernández de CórdobaAparece por vez primera con el grado de capitán en la toma de Antequera (1410), aunque su fama aumentó en la batalla de Loja al conseguir la plaza casi de forma incruenta. Participó en la conquista del reino de Granada, destacando su intervención en las negociaciones para la rendición. A poco, el papa Alejandro Vl solicita sus servicios para la recuperación de Ostia, en Italia, puerto que se encontraba dominado por el corsario Menalgo Guerri, impidiendo así todo suministro de abastecimiento a Roma. El Gran Capitán acaba con la pesadilla y por esta razón es recibido en la Ciudad Eterna como lo merece un héroe. De regreso a España sofoca las revueltas de Las Alpujarras. Para entonces, Federico III le había confiado los ducados de Terranova y Santángelo con todas sus tierras y fortalezas. Sin embargo, pronto sería requerido de nuevo en Italia. Ante el ataque turco en Lombardía y la amenaza sobre Venecia, Fernando el Católico envía un ejército a cuyo frente va Gonzalo, quien forzó la huida de la escuadra turca. Prosiguen sus campañas italianas. En 1503 conquista el reino de Nápoles (batallas de Ceriñola y Garellano), pero su innata modestia le impide aceptar los homenajes mundanos que se le querían tributar. A partir de este momento atravesará una de las etapas más tristes y grises de su vida, debido a circunstancias ajenas a su profesión. La muerte de la reina Isabel en 1504, soberana que le dispensaba con su protección y por quien sentía sincero respeto, causa tan profunda impresión en su ánimo que enferma en Italia. Solicita el regreso a España, petición que reiteradamente se le deniega, en parte por el recelo que inexplicablemente despierta en el rey Fernando. El Gran Capitán cae en el desengaño. Hasta 1505 el rey no decide su relevo, y ambos viajan juntos desde Italia a España. Se retira a su casa de Loja, ciudad que le pertenecía por concesión real, sumido en un profundo abatimiento. Pero aún debía soportar otra prueba más. En 1508 recibe la noticia de que el monarca proyecta la demolición del castillo de Montilla, su ciudad natal. Vanas fueron sus súplicas por hacerle cambiar de opinión. Este nuevo gesto de humillación que sufrió supuso la ruptura definitiva con el rey, a quien siempre había profesado una sincera lealtad. Enfermó gravemente en Loja, donde murió. Sus restos mortales fueron trasladados con posterioridad a la iglesia de San Jerónimo de Granada.

La cuentas del Grán Capitán

Ésta expresión es utilizada por las gentes para referirse, de forma familiar y en sentido figurado, a las cuentas en donde figuran partidas exorbitantes, o a aquellas que están hechas de modo arbitrario y sin la debida justificación.

El dicho tiene como base histórica las tan discutidas cuentas que el general don Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515), de sobrenombre Gran Capitán, presentó a los Reyes Católicos después de conquistar Nápoles y Sicilia. La historia se desarrolló como sigue:

«Hasta que logró su unificación como país a mediados del s. XIX, la actual Italia era un mosaico de pequeños estados en continuas disensiones internas y sin capacidad defensiva. Aprovechando esta debilidad, el Reino de Aragón y la casa francesa de Anjou venían luchando desde el siglo XIII, disputándose la posesión de Nápoles y Sicilia, que habían constituido el llamado Reino Normando de las Dos Sicilias.

A finales del siglo XV, lo que en un principio era una rivalidad entre dos pequeños reinos, se convierte en problema y lucha por el dominio de Italia entre las dos potencias que, merced a sus políticas de unificación, habían constituido los reinos de España y Francia. Por esos años, los monarcas que se ven enfrentados son Fernando V de Aragón, casado de Isabel I de Castilla, y el rey francés Luis XII de Anjou.

El rey francés, tras haberse apoderado del Ducado de Milán, firmó con el Rey Católico el Tratado Secreto de Granada (1500), por el cual se repartían el Reino de las Dos Sicilias. Pero las desavenencias entre franceses y españoles, que se disputaban también algunos territorios centrales italianos, provocaron la guerra entre ambos países.

España puso al mando de sus tropas al Gran Capitán, quien, tras una lucha encarnizada, logró de manera consecutiva las victorias de Seminarata, Ceriñola y Garellano (1503), dando la victoria a España. El Reino de las Dos Sicilias pasó a formar parte de los dominios españoles hasta los Tratados de Utrecht y Rastatt (1713 y 1714, respectivamente), que ponían fin a la Guerra de Sucesión española y sentaban a la casa de Borbón en el trono de España.

Concluida la campaña de Italia, los Reyes Católicos exigieron cuentas a su general, quizá de forma imprudente e inconveniente, y, aunque éste las rindió, es de suponer que González de Córdoba hubo de sentirse molesto por las maneras como se las habían exigido.

De todas las partidas que el Gran Capitán presentó a sus Reyes, las más conocidas y repetidas de todas son las 5 siguientes:

  • Doscientos mil setecientos treinta y seis ducados y nueve reales en frailes, monjas y pobres, para que rogasen a Dios por la prosperidad de las armas españolas.
  • Cien millones en palas, picos y azadones, para enterrar a los muertos del adversario.
  • Cien mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de sus enemigos tendidos en el campo de batalla.
  • Ciento sesenta mil ducados en poner y renovar campanas destruidas por el uso continuo de repicar todos los días por nuevas victorias conseguidas sobre el enemigo.
  • Cien millones por mi paciencia en escuchar ayer que el Rey pedía cuentas al que le había regalado un reino.»

Con respecto a la autenticidad de estas cuentas, Manuel José Quintana y Modesto Lafuente sostuvieron la autenticidad del hecho. Otros creen que son apócrifas y que su lenguaje no corresponde al que se usaba en tiempos de los Reyes Católicos, sino al de un siglo más tarde. Dicen que hubo, efectivamente, unas cuentas que rindió el Gran Capitán y que se tuvieron por excesivas, dando origen a la expresión proverbial. Pero, a su vez, afirman que las cuentas que corren por los libros como dadas por el Gran Capitán son falsas.

En El Averiguador Universal (tomo IV, pp. 227 a 258, correspondientes a los números 87 y 89 de 1882), aparecieron dos trabajos acerca de esto. En el segundo de ellos, un comunicante, que sólo firma con las abreviaturas J. C. G., cita, en apoyo de la autenticidad de las famosas cuentas, el testimonio de la Historia general del Mundo, del obispo italiano Paulo Jovio, personaje casi contemporáneo del Gran Capitán, en cuya obra, después de referir la llegada a Nápoles del Rey Católico, podemos leer lo siguiente:

«En estos días, pusiéronle demanda [a Gonzalo de Córdoba], diciendo que diese cuentas de lo que había gastado en la guerra y de las rentas que habían entrado en su poder, porque, vistos los libros de lo recibido y gastado, había gran diferencia de lo uno a lo otro. Él dijo, severa y graciosamente: Yo os mostraré un cartapacio mío más verdadero que todos esos libros públicos, y veréis que he gastado más de lo que he recibido; y yo os juro que por pleito lo tengo de cobrar. Y otro día sacó un libro pequeño con un título muy autorizado, y, abriendo la primera hoja, decía encima: Cuenta del gasto, y luego un partido decía: Di a pobres y monjas y abades de buena vida doscientos mil y setecientos y treinta y seis ducados, y nueve reales, porque rogasen a Dios que nos diese victoria. Y luego, el segundo partido decía: Di seiscientos mil y cuatrocientos y noventa y cuatro ducados a las espías por cuyo aviso se ganaron muchas victorias, y el señorío del Reino, y díselos secreto de mi mano a la suya. Mandó el rey que no se hablase más de ello, y ratificando todo lo que había hecho, determinó traerlo consigo a España».

Hasta aquí la cita de J. C. G., quien afirma haberse servido de una traducción española de la obra de Paulo Jovio que hizo posteriormente, en 1566, Gaspar de Baeza (1.ª parte, folio 68, edición de Granada). No hay más datos históricos que avalen la veracidad de lo que bien podría ser tan sólo una anecdótica falacia.