Don Juan III

Don Juan de Borbón: Rey Juan III

Don Juan de Borbón

S. A. R. el Augusto Señor Don Juan de Borbón y Battenberg, Conde de Barcelona, Almirante de la Real Armada Española y Capitán General Honorario; Presidente del Consejo Superior de las Ordenes Militares de Caballería de Santiago, de Calatrava, de Alcántara y de Montesa; Hermano Mayor de las Reales Maestranzas de Caballería de Ronda, de Sevilla, de Granada, de Valencia y de Zaragoza; del Real Cuerpo Colegiado de Hijosdalgo de la Nobleza de Madrid, del Real Cuerpo de la Nobleza de Cataluña, de la Real Hermandad del Santo Cáliz y Nobleza de Valencia.

Quinto hijo del Rey Alfonso XIII de Borbón y Austria y de la Reina Doña Victoria Eugenia de Battenberg, Princesa de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, nació en el Palacio de La Granja de San Ildefonso (Segovia) el 20 de junio de 1913.

Don Juan de Borbón dando un discurso

Sus estudios se vieron interrumpidos por la proclamación de la República en 1931 prosiguiendo su formación de guardia marina en el Reino Unido. Contrajo matrimonio el 12 de octubre de 1935, en Roma, con S. A. R. la Augusta Señora Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, Princesa de las Dos Sicilias y de la Casa de Borbón, hija de SS. AA. RR. Don Carlos de Borbón y Borbón, Infante de España y Príncipe de las Dos Sicilias y de doña Luisa Francisca de Orleáns y Orleáns, Infanta de España y Princesa de Francia. El matrimonio estableció su residencia en "Villa Giralda"(Estoril, Portugal).

Don Juan de Borbón con uniforme

Infante de España por su nacimiento, Don Juan fue jefe de la Casa de Borbón por la renuncia de sus hermanos Alfonso y Jaime y la abdicación de su padre en enero de 1941. Por ello y basándose en su posición publicó en 1945, desde Lausana, y en 1947 desde la ciudad portuguesa de Estoril, un manifiesto en el que reclamaba la restauración de la monarquía borbónica en España. Dos años más tarde, y desde Estoril, reiteró la publicación del citado manifiesto. Titulado Conde de Barcelona, el régimen franquista le mantuvo apartado de los círculos de poder, no siendo reconocidos sus derechos dinásticos al ser nombrado como sucesor de Franco en la jefatura del Estado su hijo Don Juan Carlos. Este nombramiento supuso un distanciamiento temporal entre Don Juan de Borbón y su hijo, que no obstante, poco después pudo contar siempre con el apoyo de su padre. Tras la muerte del caudillo y la subida al trono del titulado hasta entonces Príncipe de España, renunció a sus derechos a la Corona Española en favor de su hijo con un emotivo discurso pronunciado el 14 de mayo de 1977 en el Palacio de La Zarzuela.

Se trataba con ello de dejar constancia oficial de lo que, desde hacía años, era un hecho para todos: la renuncia de Don Juan de Borbón a reinar en España con el nombre de Juan III, tal y como durante la posguerra muchos habían esperado, era el servicio más elevado que podía hacer a la patria que empezaba a reconstruir una democracia.

En 1978 el Rey Don Juan Carlos le nombraba Almirante Honorario de la Armada. En 1980 le fue detectado en el "Memorial Hospital" de Nueva York, un cáncer de laringe que le obligó, cinco años después, a su paso por el quirófano en la Clínica Universitaria de Navarra. El 4 de diciembre de 1988 recibió el título honorífico, por parte del Gobierno, de Capitán General de la Armada.

Don Juan no llegó a restablecerse de su enfermedad que le llevó a la muerte el 1 de abril de 1993.

A su muerte recibió el reconocimiento unánime de la sociedad y los honores fúnebres propios de la dignidad de Rey, inhumándose sus restos mortales en el Panteón de Reyes del Monasterio del Escorial pues para muchos fue el Rey Don Juan III de Borbón y Battenberg en el exilio. En palabras de Luis María Ansón, biógrafo de Don Juan:

Don Juan vivió sus últimos años con el orgullo de ver a su hijo hacer lo que él siempre propugnó. Las brasas de la Monarquía que mantuvo encendidas se habían reavivado en la antorcha del relevo. Peleó bravamente el viejo Rey contra el cáncer que se le había enroscado en la garganta, mientras escondía a cuantos le rodeaban los viejos dolores enterrados, la oscura herida que le apretaba el alma. La muerte le descargó los fatigados hombros de tantos fardos abyectos, de tantos húmedos rencores, para encender en él la llama de amor viva.

Discurso de renuncia de Don Juan de Borbón, 14-5-1977

Rey Juan III:

Mi padre, Su Majestad el Rey Alfonso XIII, el 14 de abril de 1931, en su mensaje de despedida al pueblo español, suspendió deliberadamente el ejercicio del poder, manifestando de forma terminante que deseaba apartarse de cuanto fuese lanzar un compatriota contra otro en fratricida guerra, pero sin renunciar a ninguno de sus derechos, que no consideraba suyos, sino, como dijo, "un depósito acumulado por la Historia, de cuya custodia ha de pedirme rigurosa cuenta". Esta actitud de mi padre, que revela un amor acendrado a España, que todos le han reconocido, ha sido una constante de mi vida, pues desde joven me consagré a su servicio.

Por circunstancias especiales de todos conocidas recayó sobre mí este depósito sagrado y el Rey Alfonso XIII, el 15 de enero de 1941, en su manifiesto de abdicación, decía: "Ofrezco a mi Patria la renuncia de mis derechos para que por ley histórica de sucesión a la Corona quede automáticamente designado, sin discusión posible en cuanto a la legitimidad, mi hijo el Príncipe Don Juan, que encarna en su persona la institución monárquica y que será el día de mañana, cuando España lo juzgue oportuno, el Rey de todos los españoles".

En su testamento recomendó a su familia que me reconociesen como Jefe de la Familia Real, como siempre le había correspondido al Rey en la Monarquía española.

Cuando llegó la hora de su muerte, con plena conciencia de sus actos, invocando el santo nombre de Dios, pidiendo perdón y perdonando a todos, me dio, estando de rodillas, junto a su lecho, el último mandato: "Majestad: sobre todo, España".

El 28 de febrero de 1941 yo tenía veintisiete años. No se habían cumplido todavía dos desde la terminación de nuestra guerra civil y el mundo se sumergía en la mayor conflagración que ha conocido la Historia. Allí, en Roma, asumí el legado histórico de la Monarquía española, que recibía de mi padre.

El amor inmenso a España, que caracterizaba fundamentalmente al Rey Alfonso XIII, me lo inculcó desde niño, y creo no solo haberlo conservado, sino quizá aumentado en tantos años de esperanza ilusionada. El espíritu de servicio a nuestro pueblo, la custodia de los derechos de la dinastía, el amor a nuestra bandera, la unidad de la Patria, admitiendo su enriquecimiento con las peculiaridades regionales, han sido constantes que, grabadas en mi alma, me han acompañado siempre.

El respeto a la voluntad popular, la defensa de los derechos personales, la custodia de la tradición, el deseo del mayor bienestar posible promoviendo los avances sociales justos, han sido y serán preocupación constante de nuestra familia, que nunca regateó esfuerzo y admitió todos los sacrificios, por duros que fuesen, si se trataba de servir a España. En suma, el Rey tiene que serlo para todos los españoles.

Fiel a estos principios, durante treinta y seis años he venido sosteniendo invariablemente que la institución monárquica ha de adecuarse a las realidades sociales que los tiempos demandan; que el Rey tenía que ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y clases sociales sin distinciones; que la Monarquía tenía que ser un Estado de Derecho, en el que gobernantes y gobernados han de estar sometidos a las leyes dictadas por los organismos legislativos constituidos por una auténtica representación del pueblo español, había que respetar el ejercicio y la práctica de las otras religiones dentro de un régimen de libertad de cultos, como estableció el Concilio Vaticano II; y, finalmente, que España, por su historia y por su presente, tiene derecho a participar destacadamente en el concierto de las naciones del mundo civilizado.

No siempre este mi pensamiento político llegó exactamente a conocimiento de los españoles a pesar de haber estado en todo momento presidido por el mejor deseo de servir a España. También sobre mi persona y sobre la Monarquía se vertieron toda clase de juicios adversos, pero hoy veo con satisfacción que el tiempo los está rectificando.

Por todo ello, instaurada y consolidada la Monarquía en la persona de mi hijo y heredero Don Juan Carlos, que en las primeras singladuras de su reinado ha encontrado la aquiescencia popular claramente manifestada y que en el orden internacional abre nuevos caminos para la Patria, creo llegado el momento de entregarle el legado histórico que heredé y, en consecuencia, ofrezco a mi Patria la renuncia de los derechos históricos de la Monarquía española, sus títulos, privilegios y la jefatura de la Familia y Casa Real de España, que recibí de mi padre, el Rey Alfonso XIII, deseando conservar para mí, y usar como hasta ahora, el título de Conde de Barcelona.

En virtud de esta mi renuncia, sucede en la plenitud de los derechos dinásticos como Rey de España a mi padre el Rey Alfonso XIII, mi hijo y heredero el Rey Don Juan Carlos I.

¡Majestad, por España, todo por España, viva España, viva el Rey!.

Discurso de aceptación de Don Juan Carlos I, 14-5-1977

Señor:

El mandato de Su Majestad el rey Alfonso XIII, "sobre toda España", creo que ha sido cumplido.

El pueblo español, con su fina sensibilidad, ha percibido claramente los grandes sacrificios que hemos tenido que afrontar.

Comprendo que fue dura la separación de un hijo, para que se educase en su Patria, entre españoles, y se formase debidamente para servirla cuando fuese necesario. Considero que he asimilado por completo la gran lección que encierra esta decisión. La educación que he recibido y de la que me siento satisfechísimo me ha formado en el cumplimiento del deber, en el servicio al pueblo español, en la entrega absoluta a ese gran ideal que es nuestra patria, con su espléndido pasado, su presente apasionante y su futuro lleno de esperanzas.

Hoy, al ofrecer a España la renuncia a los Derechos Históricos que recibisteis del rey Alfonso XIII, realizáis un gran acto de servicio. Como hijo, me emociona profundamente. Al aceptarla, agradezco vuestra abnegación y desinterés y siento la íntima satisfacción de pertenecer a nuestra Dinastía. Y es mi deseo que sigáis usando, como habéis hecho durante tantos años, el título de conde de Barcelona.

María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orleans

Acabáis de pronunciar importantes palabras. Las recibo, las oigo y las medito.

Quiero cumplir como Rey los compromisos de este momento histórico. Quero escuchar y comprender lo que sea mejor para España. Respetaré la voluntad popular, defendiendo los valores tradicionales y pensando, sobre todo, que la libertad, la justicia y el orden deben inspirar mi reinado. De esta forma, la Monarquía será elemento decisivo para la estabilidad necesaria de la nación.

En estos momentos de indudable trascendencia para España y para nuestra familia, y al recibir de tus manos el legado histórico que me entregas, quiero rendirte el emocionado tributo de mi cariño filial, unido al respeto profundo que siempre te he profesado, al comprender desde niño que, sobre todo y por encima de todo, tu no has tenido nunca otro ideal que la entrega absoluta al servicio del pueblo español.

Último discurso de Don Juan, 18-1-1993

Don Juan de Borbón

Querida María:

Tenemos, tú y yo, la satisfacción de poder decir hoy que nuestras esperanzas y deseos no estaban desencaminados y que hemos administrado prudentemente el legado de la legitimidad histórica, que es, en definitiva, patrimonio de España y de los españoles.

Así, cuando España lo ha necesitado, lo ha podido encontrar y hemos tenido la dicha, como súbditos, y la alegría, como padres, de ver encarnada en nuestro hijo, para bien de España, la Institución a la que hemos dedicado nuestras vidas.

Por eso podemos decir con orgullo: Señor, deber cumplido.

General Kindelán

General Alfredo Kindelán Dunay (1879-1962)

General Kindelán (foto)

Coincidiendo con el 75 aniversario de la Aviación Española se creó en 1988 la Cátedra Alfredo Kindelán para debate, estudio e intercambio de ideas y experiencias sobre asuntos relacionados con la doctrina aérea. El nombre elegido no pudo ser más acertado, ya que Alfredo Kindelán, siendo capitán, fue el primer jefe de la rama de Aviación del Servicio de Aeronáutica Militar, creada el 28 de febrero de 1913. Desde ese momento, e incluso antes, Kindelán contribuyó a la expansión de la aviación militar española y a la difusión de ideas sobre doctrina aérea. En aquellos primeros años ya planteaba que “la aviación y la adecuada combinación de acciones estratégicas, operativas y tácticas, sería la clave del progreso y del puesto que España ocupase en el concierto de los países civilizados”.

General Kindelán (pintura)

Las ideas del General Kindelán sobre el poder aéreo en aquellos primeros años de la aeronáutica militar, como las de sus contemporáneos Douhet, Hart, Mitchell y Trenchard, entre otros, permanecen en vigor en nuestros días. De hecho, los principios básicos de la doctrina aérea no han sufrido muchos cambios con el tiempo. Pero se deben analizar las nuevas situaciones y también las posibilidades de los sistemas de armas como consecuencia de los avances tecnológicos, para la mejora doctrinal y de empleo operativo. Y todo ello encaminado a permitir el cumplimiento de las misiones encomendadas a la Fuerza Aérea en los distintos escenarios de actuación. Siempre en busca de conocimientos e intercambio de información en un debate doctrinal que, en muchas ocasiones, ha sido el preámbulo de soluciones a problemas comunes en las distintas Fuerzas Aéreas participantes. El Ejército del Aire se muestra satisfecho por contar con una Cátedra de prestigio internacional y honrado porque su presidencia de honor sea ostentada por S. M. el Rey de España.

Hombre perteneciente a la transición entre dos importantes siglos, el XIX y el XX; insigne aviador militar de temprana vocación aeronáutica, verdadero forjador de la Aviación Española y creador del Ejército del Aire; poseedor del título 1 de piloto militar en España (1911) y condecorado con la Medalla Aérea. Fue académico en la Academia de Historia y ostentó el título de Marqués de Kindelán.

Promotor, protagonista o valedor de la mayoría de las actividades aeronáuticas de principios del siglo pasado en nuestro país, dedica gran parte de su actividad intelectual a los temas de Doctrina Aérea. Quiso transmitir esta vocación y pensamiento con sus obras entre las que se encuentran libros como “Ascensiones libres de aerostación”, “Europa, su forja en cien batallas”, “Doctrina de guerra” o “El General y el Generalato”.

Alfredo Kindelán Duany nació en La Habana (Cuba) en 1879. Fue Teniente de Ingenieros en 1899; en 1901 se hizo piloto de globo libre en el Servicio Aerostático, siendo el principal colaborador del General Vives; en 1910 se hizo piloto de dirigibles y el año siguiente fue el responsable del aeródromo de Cuatro Vientos, en donde se hizo piloto de aeroplano. En 1913 fue nombrado Jefe de Aviación al crearse el Servicio Aeronáutico Militar, y ese mismo año asumió el mando de la primera escuadrilla española en Marruecos; en 1921 creó en los Alcázares la Escuela de Combate y Bombardeo; en 1925 mandó la Escuadra Expedicionaria de Alhucemas; en 1926 fue nombrado Jefe Superior de Aeronáutica y ascendió a Coronel por méritos de guerra (anteriormente había renunciado a este ascenso). Ya General de Brigada fue cesado al caer el gobierno de Primo de Rivera y al proclamarse la República pidió el pase a la reserva.

Escudo del XI Tercio General Kindelán

Posteriormente fue nombrado Jefe de los Servicios del Aire. Al crearse el Ejército del Aire en 1939 fue excluido, quedando en el Ejército de Tierra como Teniente General, siendo nombrado Capitán General de Cataluña (1941-42). Fue marginado por sus ideas monárquicas y participar en la conspiración para el restablecimiento de la Monarquía, siendo rehabilitado posteriormente. Pasó a la reserva en 1949, falleciendo en 1962.

Por orden de Don Juan de Borbón fue el primer Jefe, y cofundador, de los Reales Tercios de España. En su honor fue creado el XI Tercio General Kindelán con sede en Las Palmas de Gran Canaria.

General Aranda

General Antonio Aranda Mata (1888-1979)

General Aranda

Militar, Ingeniero y Geógrafo. Tuvo una brillante actuación en la Campaña de Marruecos. Se le otorgó la Cruz Laureada de San Fernando. Al ascender a General mandó la VIII División y el Cuerpo del Ejército de Galicia. Fue Capitán General de Valencia. Al finalizar la Guerra Civil se hizo cargo de la Dirección de la Escuela Superior del Ejército y presidió la Real Sociedad Geográfica.

En 1941 participó en la conspiración a favor de la Monarquía. Por ello se vio obligado a pasar a la reserva antes de la edad reglamentaria.

En 1976 S. M. el Rey le ascendió a Teniente General.

Por orden de Don Juan de Borbón fue fundador, junto al General Kindelán, y continuador en la dirección y formación de los Reales Tercios de España. En su honor se fundó el V Tercio General Aranda con sede en Zaragoza.